Conciliación

El teletrabajo son los padres (o los abuelos)

Si me pidieran un consejo sobre cómo teletrabajar lo tendría claro: vete de casa. Pero, claro, entonces no sería teletrabajo. Al margen de que ahora, con el Coronavirus, parece que no nos queda otra, constantemente nos lo venden como la panacea de la conciliación: si trabajas desde casa tienes mucha suerte porque puedes pasar tiempo con tu(s) hijx(s). Pues bien, eso es una (otra) p**a mentira.

Llevo teletrabajando más de tres años, al principio a diario por mi reposo durante el embarazo, luego varios días a la semana y ahora apenas teletrabajo si lo puedo evitar. Eso lo dice todo. Intento no trabajar en casa porque las líneas se difuminan hasta lo absurdo y terminé probando la eficiencia de hacer llamadas de trabajo mientras tendía la lavadora. De verdad, no.

Ahí van las tres ideas que he sacado totalmente en claro durante este tiempo:
– Teletrabajar con niños en casa no es viable a no ser que sean muy bebés y duerman mucho o muy mayores y se entretengan solos. En mi caso, con un niño a punto de cumplir los dos años y medio es imposible. Puedes sacar una horita el rato que duerma la siesta, pero olvídate de nada más. Si he podido teletrabajar todo este tiempo ha sido porque siempre había alguien conmigo en casa. Y, si no, prepárate para trabajar de madrugada porque es casi imposible estar pendiente del trabajo y de los niños al mismo tiempo.
– Teletrabajar implica no ver la mierda ni el desorden de la casa. Es muy tentador pensar: «voy a hacer un descanso y pongo la lavadora». Y tú, que estás cambiando esos 5 minutos de interacción social por tareas domésticas, pringas. Eso de pringar, al menos en mi casa, es tarea de los dos y no se hace en horario laboral. Ojo, que me costó dos años darme cuenta de eso. Lo que no esté hecho cuando me siento en el ordenador, ya no se hace hasta que lo cierro.
– Teletrabajar no es trabajar menos o no trabajar, es trabajar contra los elementos. Tienes los mismos elementos que en el curro normal (emails, llamadas, marrones), además de los cantos de sirena de la casa (¡Hola, soy tu lavadora!, ¡Hola, soy Netflix!), además de los bombardeos constantes de tus hijos, del cartero que te trae la enésima notificación de Hacienda con la concesión del aplazamiento del IRPF, además de las cosas por hacer, de la tentación de trabajar en pijama. Teletrabajar es un ejercicio bastante jevi de autodisciplina y de constancia.

Ahora viene lo bueno, que no todo es malo: tal vez te des cuenta cuando teletrabajas de que eres infinitamente más productiva de lo que tú te piensas porque cuando tú marcas los ritmos (sin niños bombardeando, claro), cierras el correo o el Whatsapp durante periodos de 45 minutos o evitas las interrupciones de «en lugar de mandarte un mail vengo a tu mesa que me cuesta menos esfuerzo», has terminado antes de trabajar. Eso solo ocurre, eso sí, cuando has conseguid vencer a los elementos y hacer eso que se suponía que estabas haciendo: sacar tu jornada laboral como puto puedas.

En la foto, mi ordenador en el despacho. Porque este es mi refugio

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