Mi parto: Un año después (ahora sí)

By Li

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Odio discutir. No entro en debates. Siempre me quedo a medio camino de todo y eso no hace más que provocar ser el blanco de las hostias de quienes viven en los extremos. He intentado escribir sobre este tema un millón de veces pero he terminado dejando los posts en borrador porque nunca me han cuadrado. Veremos si hoy lo consigo.

Me incomoda el debate de la ‘violencia obstétrica’. Lo pongo entre comillas porque, en general, no me gusta nada el lenguaje de la confrontación, pero tampoco se me ocurre ahora mismo un término light para un fenómeno que, queramos o no, está pasando. Así que, a riesgo de acabar lapidada por quienes la niegan sistemáticamente y por quienes creen que todas la sufrimos aunque no nos demos cuenta (la misma condescendencia que denunciamos, by the way), voy a contar el tema y por qué me incomoda, aunque ya avanzo que es por una (mala) experiencia personal.

Empiezo. Mi parto fue instrumentalizado, mi embarazo medicalizado desde antes de empezar. Me quedé embarazada gracias a una FIV. Unos meses antes me habían hecho una conización (me habían quitado un trozo del cuello del útero) y sabía que, si conseguía el embarazo, había que estar encima. Mi ginecólogo (voy por privado) podía haberse curado en salud (y haber hecho caja) planificándome un cerclaje (otra operación, al fin y al cabo) sobre la semana 14, pero prefirió ir viendo. Si mi cuerpo aguantaba bien solo, no interveníamos. A pesar del semi reposo, mi cuello no aguantó y en la semana 24, lo cerramos. No es agradable que te cosan el cuello del útero, pero en todo momento me trataron con respeto. En la semana 37 volvimos al quirófano para retirarlo. El gine, de nuevo, me recomendó hacerlo en hospital y no en consulta por si yo quería o por si era necesaria sedación. Una vez allí, yo preferí ir sin sedación para poder irme antes a casa. Me molestó, claro que sí, pero fue mi decisión y todos la respetaron. Quiero decir que pasé por tres quirófanos antes de parir.

Cuando te has pasado casi todo tu embarazo en reposo, temiendo por la viabilidad del hijo que llevas dentro después de una in vitro en la que solo has tenido un óvulo maduro, pasan varias cosas: 1) La vida de tu hijo te preocupa. Mucho. Más que la tuya y eso que el trozo de cuello de útero que te quitaron tenías un carcinoma; 2) tienes tiempo de muchas cosas, como de informarte de todo lo que te viene por delante; 3) No puedes hacer la gimnasia de preparación al parto, ni kegels ni movidas para mejorar la elasticidad del periné. Yo llegué al parto insegura, no por mi equipo, sino por no estar lo bastante preparada físicamente después de tantos meses de inactividad. Yo había elegido parir en privado y con mi ginecólogo porque, tres quirófanos y una in vitro después, me inspiraba confianza y no me imaginaba pariendo en un lugar en el que no conocía absolutamente a nadie. Con tanta incertidumbre durante tantos meses, necesitaba un punto de ancla.

En preparación al parto, en todo lo que lees, te cuentan como deben ser las cosas cuando van bien. Ni episiotomía, ni instrumentos, ni kristeller, piel con piel… Todo lo que debería ser. Te montas la película. Yo la tenía bien perfilada, excepto la episiotomía: me habían acojonado tanto con los ejercicios del periné que entré convencida de que me iba a tocar. Así de ceniza soy. Pero luego las cosas empiezan a no ir bien. No sabría explicar exactamente en qué punto se torció mi parto ni qué pasó porque estaba agotada y drogada. Cuando llevaba ya un buen rato pujando, el bebé se atascó en un punto y hubo momentos de agobio. Reaccionaron rápido. Episio+kiwi, kristeller en los dos o tres últimos pujos y el niño fuera. Sin respirar. Lo intubaron y todo empezó a mejorar (no voy a volver a contarlo todo porque eso sí sigue picando). Me lo consultaron todo, me lo explicaron todo, dije que sí a todo. El trato fue fantástico en todo momento. Los profesionales se preocuparon por mí y por cómo me encontraba. La matrona y el anestesista ayudaron a la pediatra con la reanimación mientras el gine me atendía a mí (quedaba el alumbramiento y coser la episio). Me recuperé muy rápido y muy bien. No tengo ninguna queja. Si hicieron algo que no ‘debían’ fue con mi consentimiento (después de haber leído mucho durante el embarazo aunque a una semana de parir pensara que no había leído lo suficiente) porque, para mí, lo primero era el bebé y más cuando todo dejó de ir bien y fluido. Pero es mi caso.

Unas semanas después de parir, iba paseando con el niño y me encontré a una conocida que me preguntó por el parto. Lo típico, que cuántos puntos y tal. Se lo conté un poco por encima y me dijo, más o menos, que era tonta por no denunciar a nadie porque lo mío había sido “violencia obstétrica de libro”. Entonces, en pleno tsunami hormonal del puerperio, empecé a sentirme fatal por no haberme sentido fatal. Me dijo que tenía como síndrome de Estocolmo porque habían salvado a mi bebé y mil cosas desagradables más que sí que me hicieron sentir una niña pequeña que ni siquiera sabe lo que es bueno para ella misma. Pensé que era mejor dejar pasar unas semanas y que mis hormonas volvieran a su sitio antes de tener una visión clara de todo aquello.

Pasaron las semanas y los meses, hablé con más personas que habían parido hacía más o menos tiempo y llegué una conclusión clara: aquella conocida es gilipollas. No tenía que meterse en mi vida, en mi parto ni acabar haciendo aquello que estaba criticando: infantilizarme y tratarme como si no supiera cuidar de mí misma. Por eso me incomoda el término, por una mala experiencia con una persona que debía haberse quedado callada.

Durante estos meses, he oído todo tipo de historias: algunas terroríficas en las que nadie te informa de nada de lo que te están haciendo (realmente, las menos), gente a la que le programan una inducción en jueves para evitar tener el parto en fin de semana (de esta hace bastante tiempo, pero le pasó), maniobras de Hamilton y kristeller sin avisar, episiotomías con recuperaciones terribles… Es decir, que el tema sigue pasando. Aunque probablemente pase mucho menos y cada vez haya profesionales más concienciados, sigue pasando. O te buscas tú la vida o te informan muy poco. O lees mucho o te parece que todo es normal. O te preocupas por tu propio cuerpo, o muchas veces pasas a un segundo plano.

Y también he hablado con personas que, como yo, se vieron en situaciones imprevistas en las que no todo pudo ser según los cánones y que también se han sentido mal por ello. No se han sentido mal por llevar puntos o por haber tenido partos instrumentalizados, sino por haber vivido experiencias que no tienen nada que ver con las expectativas de un parto perfecto, respetado, sin instrumental, sin sobresaltos, que es a lo que todas deberíamos aspirar.

Así que, de nuevo, me pregunto dónde queda el término medio. Ese lugar utópico en el que estás informada y eres consciente de qué prácticas no deberían hacerse, pero comprendes que a veces las cosas no salen como las habías previsto y no te sientes mal por ello. Tampoco dejas que nadie te haga sentir mal por ello, aunque con las hormonas de punta del postparto, casi cualquier cosa te puede hacer sentir mal. Un término medio en el que, pese a haberte informado, llega un momento en el que tus conocimientos no dan para más y confías en el equipo que te atiende. Francamente, yo no soy ni matrona ni ginecóloga y no sé cómo hay que actuar cuando las cosas dejan de ir bien. Ese punto de confianza en las personas que te están atendiendo quizá sea lo que separa una situación violenta de otra que, en mi caso, no lo ha sido en absoluto. Y esa confianza es algo que, a día de hoy, no todo el mundo puede tener, bien porque no eliges al equipo que te atiende, bien porque los que te tocan no te la inspiran.

Me saben mal los bandos. Me sabe mal que, por un lado, la culpa sea siempre de los ginecólogos y, en menor medida, de las matronas y que, por el otro, se niegue que estas cosas siguen pasando. Me sabe mal que alguien que ha tenido un parto no ideal pero tampoco mal tenga el cargo de conciencia de no haber parido lo bastante bien. Me sabe mal que alguien haya tenido que pasar por un infierno de recuperación por algo que no era necesario.

Y eso, que necesitaba soltar todo esto para ordenar mis ideas y dejar de sentirme culpable por no sentirme mal. VPadre ha revisado todo el texto para asegurarse de que no cuento ninguna mentira, porque él estuvo en el parto y no estaba ni drogado ni dolorido.

 

(Yo no tengo fotos, ni bonitas ni feas, recién parida porque no había bebé. La foto la hice dos días después de nacer Víctor, el día que me dieron el alta, antes de bajar a verle a la incubadora. Esa tarde nos dijeron que estaba todo bien y que al día siguiente salía de la incubadora).

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