Infertilidad Manifiesto

¿La maternidad tardía es ‘cool’? ¡No jodamos!

Creo que la maternidad tardía es, en general, un fracaso de la sociedad. No es plan de juzgar a nadie y menos yo, que parí con 39. No voy a decir que me parece mal decidir que quieres ser madre cuando pasas de los 40 porque estaría mintiendo, me parece bien, muy bien. Pero no quiero que me vendan una especie de relación proporcional entre éxito profesional y necesidad de aplazar la maternidad para, oh, sorpresa, intentar venderme la vitrificación de óvulos. Y ojo, que llegan tarde conmigo pero igual hubiera colado a los 30. Yo soy de las que se hubiera dejado la pasta para comprar el tiempo, pero eso es como tomarme medio diazepam cuando tengo ansiedad: capeo el temporal pero me agazapo esperando la siguiente tormenta.

Igual es que la maternidad ha sido para mí un baño de realidad capitalista: nos necesitan productivas y precarizadas. Nos necesitan rindiendo a tope nuestros mejores años. Luego, si eso, ya nos dejaremos la pasta que puede que tengamos o que no para intentar ser madres porque no nos quedarán óvulos o los pocos que nos queden estarán envejecidos. Luego. Siempre luego, cuando estemos más cansadas, más débiles, cuando puede que coincida en el tiempo el cuidado de nuestros hijos con el cuidado de nuestros padres. No me gusta ese discurso. Me gustaría, como si escribiera una carta a los Reyes Magos, que no tuviéramos que aplazar la maternidad para tener una carrera decente. Yo no me siento una triunfadora por haber sido madre mayor, me siento cansada y pringada. Ojalá hubiera podido hacerlo antes.

No es la primera vez que hablo en este blog de lo poco que me gustan las campañas de publicidad de las clínicas de fertilidad. Sí, de la misma clínica que hizo que Víctor sea una realidad. Como todos los negocios, tienen varios targets, varios productos y varias acciones de comunicación, claro que sí. Algunas me gustan, otras me espantan, incluso algunas me aterran, como aquella del niño vivo. La última ha sido un evento estupendísimo sobre empoderamiento de la mujer con una idea clara: nosotros elegimos cuándo ser madres, vamos a empoderarnos para poder decidir. Y no, no es así: el mercado elige por nosotras cuándo tenemos que ser madres. No nos vendáis burras. No nos digáis que la elección es nuestra porque no siempre lo es.

Porque desarrollar una carrera no tendría que estar reñido con la maternidad. Porque no tendríamos que vivir con miedo a un despido, a salarios bajos, a malas caras cada vez que te vas del trabajo. Normalizamos lo que no es justificable: curra como una cabrona, que luego siempre puedes ser madre. ¿Siempre? Siempre que tengas mucha pasta y ni así está garantizado.

Todas estas campañas para promover la vitrificación de óvulos son una cortina de humo. Hay muchos problemas que no solo no resuelven, sino que los enmascaran. A los 42 años puedes tener óvulos que vitrificaste a los 33, pero tu cuerpo tiene 42 años, no te engañes. Tu endometrio tiene 42 años, tu útero tiene 42 años. Espero que te contaran eso cuando aceptaste el tratamiento. También abren una brecha enorme entre quien puede y quien no puede hacerlo. Vitrificar no es barato. Además, puede que necesites más de un ciclo para acumular un buen número de ovocitos maduros. Llegado el día, necesitarás una FIV para utilizarlos. Pero claro, son campañas que hacemos con señoras estupendas, en revistas estupendas, hablando de temas estupendos y de carreras estupendas. A mí, eso me queda a años luz y no lo entiendo, quizá porque soy autónoma, nada estupenda y muy de pueblo. Pero, sobre todo, oculta un problemón: reservamos nuestros mejores años para tener un trabajo y no para tener una familia. Dejamos que el mercado laboral decida sobre nuestro cuerpo. Creamos un problema de fertilidad (y de dinero, mucho dinero) donde no lo había necesariamente. Pero estamos la hostia de empoderadas.

Hago autocrítica. Hace un tiempo escribí una carta a mi yo de 30 años y le recomendé que vitrificara óvulos para comprar el tiempo. Supongo que hice bien porque mi yo de hace once años ya tendría problemas de fertilidad como los tuve cuando llegó el momento, pero el consejo sería otro. Hazte las pruebas y, si no hay otro remedio, vitrifica. Pero cágate en el sistema, en el patriarcado, en la crisis y en quien haga falta. Sé coherente, pero no dejes que el miedo a quedarte sin trabajo se coma tu vida. Conciliar va a ser una mierda en plena crisis y cuando termine la crisis, porque en realidad la crisis no terminará nunca.

No quiero que este post suene a crítica generalizada sobre la vitrificación para preservar la fertilidad, nada más lejos de mi intención. En muchos casos es necesario. A mí me da igual si congelas óvulos porque quieres viajar cinco años por el mundo. Ahí es posible que estés decidiendo tú. Pero no me gusta que se venda la vitrificación de óvulos como la panacea para desarrollar tu carrera profesional porque enmascara el problema que teóricamente pretende solucionar y lo hace, además, blanqueando el sometimiento de nuestros cuerpos al mercado capitalista. Tampoco que se venda como sinónimo de éxito profesional: puedes ser una triunfadora y haber parido a los 21.  Fin. Ya me podéis hostiar.

Postdata:

Me siento muy, muy alejada de los discursos que hablan de una maternidad en la que el éxito profesional consiste en ser madre tarde, vivir como si no hubieras sido madre o no ver a tus hijos crecer. Como siempre, no juzgo. A mí me va bien todo. Esta es una reflexión que me ha costado horrores hacer por muchos motivos, uno de ellos es que yo formé parte del sistema, yo me hubiera tragado el discurso porque fui de las personas que antepuso su carrera a su vida personal. Y me arrepiento. Horrores. Pero cada día veo más construcciones de maternidades estupendas que nos convierten a las demás en madres pringadas. Y a mucha honra, claro. La maternidad también me ha llevado a pensar mucho sobre el capitalismo, sobre el consumo. A mí ser madre me costó una pasta y eso, puesto en perspectiva, es difícil de digerir aunque tomaría la misma decisión una y mil veces (pero no hay más tratamientos ni más hijos). Supongo que en algún momento volveré a leer Mamá Desobediente de Esther Vivas, quizá la lectura más necesaria para mí desde que soy madre, aunque me pasé medio libro con la sensación de que me estaban pegando la bronca por algo que no había hecho.

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