No me llames mami

Enviado por: Li agosto 28, 2020 1 comentario
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Si has estudiado Periodismo y has trabajado en la costa Valenciana en pleno boom inmobiliario de hace casi 2 décadas es imposible que creas en la inocencia del lenguaje. Con aquel discurso hiperbólico y que apestaba superioridad  cobraban todo el sentido las clases de teoría de Comunicación y aquello de los discursos que no hacen sino reproducir la ideología dominante y fomentar la desigualdad. Ay, esos libros de Van Dijk que se quedaron en la estantería del despacho esperando un DEA que nunca terminé. La cuestión es que siempre he tenido claro, pero mucho más desde entonces, que el lenguaje no es inocente. Cada cosa que decimos, por mucho que la vistamos de objetividad, destila ideología. Cada palabra que utilizamos, cada vez que decidimos si alguien es objeto o sujeto de una acción, cada cosa que omitimos, transmite ideología.

Quizá por eso suelo usar un lenguaje distante. También es cierto que yo soy distante. No me gustan nada los diminutivos (muerte a las cenitas y a la playita) y si hay algo que me repatea el hígado es que me llamen «mami». «Mami» solo me llama mi hijo. Podría decir lo mismo con «mamá» pero, por muy seca que sea, de vez en cuando hay que sacar la empatía de paseo. Como siempre, Lidoncita (uso un diminutivo conmigo misma para reírme de mí, que es algo que hago casi a diario) se queda en el término medio, que es ese lugar donde la gente de los extremos puede ir a atizarte sin rubor.

La cuestión. Ser madre es, para mí, una cosa grande. Tan grande que a veces, solo a veces, me desborda. «Madre» es una palabra grande. Tiene ahí una R que suena mucho, que parece que moleste. «Mamá», en cambio, es una palabra pequeña, suave. No llama la atención, no suena más alta que otra. Y «Mami» es una palabra minúscula , tan pequeña que parece que está a puntito de desaparecer. Hasta la RAE, con sus viejunadas, advierte que ‘mami’ es una forma hipocorística de ‘mamá’, es decir, cariñosa, infantil o eufemística. ¡Bingo! En esos matices está el tema.

No me gusta que me llamen mamá y me da mucha rabia que me llamen mami porque, en efecto, tengo la sensación de que me están haciendo pequeñita. Yo, que mido un metro y medio, ya no necesito que me recuerden cada día de mi vida lo pequeñita que soy, sobre todo en ese ámbito personal en el que te enfrentas a algo tan grande como es un hijo. Cuando son varios hijos, ni te cuento. Nunca me defino como ‘mamá’ hablando con una persona adulta. Nunca se me ocurrió decir «voy a ser mamá» sino un aséptico «estoy embarazada». Obviamente a un niño o niña sí que le diré que soy «la mamá de Víctor» pero con adultos siempre diré que soy su madre. Y diré mi nombre porque aún lo tengo, aunque a veces piense que nuestra identidad se borra hasta convertirnos en un complemento del nombre de nuestrxs hijxs. No soy la mami de nadie. Me llamo Lidón y soy la madre de Víctor. Así de áspero suena, así de áspera soy.

Ahora las excepciones. En Twitter es habitual el debate entre las madres a las que no nos gusta que nos llamen «mamá» y los y los y las profesionales que dicen que ya tienen bastante con aprenderse los nombres de nuestrxs hijxs como para aprenderse también el de sus familiares. Ahí es doy la razón. No creo que la pediatra de Víctor ni su maestra me estén faltando al respeto por no saberse mi nombre porque al que han de conocer es a mi hijo y no a mí. La cuestión es que, dentro de esa no-inocencia del lenguaje, no siempre hay maldad ni voluntad de superioridad ni dominación mundial en el uso del término mamá. Es más, creo que en un entorno sanitario lo que se busca con el ‘mamá’ vs ‘madre’ es conectar, buscar un tono cariñoso y tranquilizador. Otra cosa es que algunas personas podamos percibirlo como una infantilización. Yo nunca le diría a un profesional que atiende a mi hijo que no me llame «la mamá de Víctor», pero me temo que sí pediría que no usaran ‘mami’ conmigo. «Mami» me empequeñece y me infantiliza, «mamá» me da más lo mismo.

También creo que las intenciones se notan más allá de las palabras que emplees. Si alguien te llama «mami» con rintintín, ese tufo superior va más allá de la elección de las palabras. Va en la condescendencia, en el aleccionamiento. O puede ser en un contexto en el que incluso cobre sentido. Por ejemplo, cuando le pusieron a Víctor la vacuna de los 3 años, la enfermera le dijo «ahora te cogerá mami y te pondremos la vacuna». No me ofendió. Hablaba con mi hijo refiriéndose a mí, pero a mí me habló con todo respeto en todo momento. De hecho, me preguntó mi nombre al entrar en la consulta, un 10 por ella.

Creo que todo este debate nos pilla, además, quemadas. Estamos en un momento de agotamiento físico y mental y en un contexto en que los cuidados siguen invisibilizados. Nos mandan a teletrabajar a casa y así nos comemos nuestras mierdas, nuestras frustraciones, de puertas adentro. Somos menos madres y más mamis que nunca. «No pasa nada, ya se apañarán las mamis con ellos». Nos falta empatía a todos. Nos falta empatía a las madres que nos cabreamos directamente porque nos llamen «mamá» y no por nuestro nombre si no nos ponemos en el lugar de ese o esa profesional que lleva horas atendiendo a criaturas y que tiene un cupo de equiscientas más de las que puede asumir. Y os falta empatía a vosotros, sanitarios, cuando os enfadáis con nosotras si os pedimos que uséis nuestro nombre, cuando la sociedad nos está borrando tanto la identidad detrás de una maternidad que ahora mismo es más absorbente que nunca. A veces, ese «me llamo X» es un grito de auxilio.

También diré, en defensa de lxs sanitarixs, que da igual lo que hagáis, lo estaréis haciendo mal. Si habláis en tono cariñoso os podemos poner una reclamación por infantilizarnos. Si habláis en tono aséptico os podemos poner una reclamación por tratarnos de forma fría y distante. No me gustaría estar en vuestra piel.

Así que mi opinión al respecto es que, odiando a muerte que me llamen ‘mami’ y tocándome mucho las narices que me llamen ‘mamá’, a veces lo comprendo. Entiendo que un profesional que me tenga que llamar en una sala de espera se refiera a mí como «la mamá de Víctor», pero también espero que entienda que yo, como hago siempre, entraré en un consulta diciendo «hola, soy Lidón, la madre de Víctor». Porque antes de ser la madre de nadie, creo que aún soy media persona que cantarían los Smiths. Y ese o esa profesional tiene todo el derecho del mundo a olvidarse de ni nombre en el mismo momento que lo pronuncio. ¿A cuántos pacientes habrá visto a lo largo del día? ¿Cuántos nombres de criaturas y de familiares tendría que retener en cada jornada laboral?

Eso sí, por favor, lo de «mami» podríamos desterrarlo cuando hablemos entre personas adultas.

En la foto, mi sombra y mis pies. Poco más queda de mí

Autor: Li

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