¿Qué fue de mí?

Enviado por: Li agosto 17, 2021 No hay comentarios

A veces todo se junta, como en aquellos tiempos de las hiperespirales y los cuadrados que nunca llegaban a circular. Víctor tiene casi cuatro años, una edad muy absorbente y alucinante… Pero un momento de mucha más autonomía. Es cierto que nos sigue necesitando para casi todo, pero ese ‘casi’ es el que marca una diferencia increíble en la vida: ya no te necesita tanto para sobrevivir. Para no matarse, tal vez. 

Puede abrirse una botella de agua, no pegar trago de una botella de jabón, ir solo a hacer pis con mayor o menor éxito a la hora de limpiarse, levantarse solo y coger un juguete…Y un montón de pequeñas cosas que me permiten respirar.

El último año de nuestra vida ha transcurrido entre una pandemia, los últimos meses de vida de mi padre y el máster de Víctor padre. Casi no salir de casa, teletrabajar todo el día, vivir permanentemente preocupada y desbordada,  ser mucho más consciente de muchas más mierdas. Ha sido un año fatal, pero también un año de darme cuenta cómo no quiero vivir: con jornadas laborales que no terminan nunca, con una lista de ‘tengo-ques’ que se lo come todo hasta casi hacerte desaparecer.

Además, en pleno primer año de vida de mi hijo, cumplí 40. Cuando mi madre cumplió 40, yo iba a empezar COU. Cuando yo cumplí 40, mi hijo ni siquiera gateaba. Es inevitable mirar alrededor y mirar atrás, plantearte qué haces, qué quieres hacer. No sé si es una reedición de una crisis de mediana edad o es una crisis que empieza en un momento indeterminado y que no termina nunca. 

La otra teoría, la de los días buenos es que esta etapa comenzó con la infertilidad, con las hormonas haciéndome preguntarme cada día el sentido de la existencia y que es ahora precisamente cuando empiezo a ver la luz y cuando las cosas, aunque siempre de su caos sostenido, empiezan a tener cierto sentido.

Así que, 4 o 5 años después, a veces me pregunto qué fue de mí. Las cicatrices que me dejó 2016 se tradujeron en un cactus tatuado con una flor enorme que me habla de supervivencia. Qué fue de mí después de unos primeros años de maternidad en los que intenté no renunciar y acabé renunciando a tener mi espacio y casi a mí misma. En lo que quedará de mí después de esta pandemia, si es que hay un después. En lo que queda de mí cuando uno de los puntales de mi vida ya no está. 

Volver a escribir con cierta frecuencia, aunque sea en ratos robados al trabajo o desde la tablet en el sofá, es como volver a decirme hola desde la distancia. Aunque terminar este post me lleve casi cuatro meses. 

Hace unos días pensé que era el momento perfecto para prender fuego a mi armario y a todos los trastos de casa que trajimos de la anterior. Molaría no hacerlo de manera metafórica, sino coger toda esa ropa que odio y quemarla en la hoguera que convierta en cenizas las mierdas de estos años. Mi armario como metáfora. Yo antes iba ‘arreglada’ (odio esa palabra, como si el resto fuera un problema) a trabajar, me maquillaba y todo. Luego llegó el postparto. Trabajaba en casa. Lactancia, doble camiseta y vestidos camiseros. Paseos al despacho arrastrando un carro de bebé y la mochila del portátil, adiós tacones. Dos mudanzas en menos de un año. La pandemia, la sensación de vivir en pijama aunque, paradójicamente, nunca los use*. Y ahora quiero prender fuego a mi armario y empezar de cero aunque estoy convencida de que terminaría comprando exactamente lo mismo que ya tenía: ropa lisa y camisetas de rayas, Eso, quizá, es de lo poco que ha sobrevivido de mí a todo este tsunami.

*Cuando teletrabajas recién parida, el mejor truco para no trabajar en pijama es dormir con leggins y camiseta.De nada.

Autor: Li

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