Manifiesto Maternidad

Soy una madre del montón

Los seres humanos buscamos generalmente sentirnos parte de algo. Hasta yo, que tengo un espíritu abiertamente antimilitante y cero gregario. A mí me la sopla ser parte de algo, por eso me siento muy cómoda siendo autónoma, supongo. Pero con todo esto de la maternidad, que he vivido de forma bastante desacompasada con las madres de mi entorno, es cuando más he necesitado sentirme identificada con algo, aunque fuera solo por sentir eso de ‘mal de muchas’. Y con lo que me he encontrado es con discursos antagónicos de la maternidad y no me siento cómoda en ninguno de ellos. Mi maternidad es heterodoxa, asaltodematista y muy, muy, muy pringada.

Ya hablé hace unas semanas de esa hostia de realidad que te arrasa cuando tienes un hijo o una hija y te deja delante del espejo, con cara de gilipollas, riéndote de tus propias expectativas. Tú, que ibas a ser esa madre cool que se va al gimnasio y a tomarse unas copas con sus amiguis, prefieres hacerte bicho bola en el sofá, mejor si es con tu bebé. Y así, millones de ejemplos. También hablaba de las contradicciones que oímos cada día (lo de decidir escucharlas o no ya es otro tema) y un tema que aún no he abordado y ya no tengo ninguna necesidad de hacer es esta maravilla que publica hoy Adrián Cordellat en El País sobre esa profesionalización de la maternidad y la paternidad: hace tiempo que mandé a la mierda los libros de crianza porque parece que no puedas criar bien a tu hijo si no te lees un libro cada día sobre una cosa distinta. Joder, que hay que sacarse un doctorado para criar. Prefiero seguir leyendo sobre maternidad, porque centrarme en lo que me pasa es quizá lo mejor que puedo hacer por mi hijo, pero ese es otro tema.

Decía en ese post que soy la madre que puto pudo ser. Como el otro día me preguntaron* qué quería decir eso, ahí va mi definición actual:

  • Una que va de culo todo el día y no piensa tanto en ella como debería, pero es lo que hay. Soy una madre pringopragmática, que va teniendo el superpoder de saber cuándo resignarse y cuándo liarla parda para cambiar las cosas. Mi hijo tiene dos años. Algunas cosas pasarán. Fin.
  • Una que no tendrá más hijos y quiere disfrutar de este y que no se siente culpable por no dejarlo a dormir con los abuelos ni irse de fiesta. ¿Por qué? Porque no me puto apetece. Ni (querer) irte de fiesta te convierte en la madre cool de la vida ni querer quedarte con él te hace ser una anciana (aunque lo seas, como yo). En serio, hay un término medio para todo.
  • Una que quiere seguir disfrutando de su trabajo, pero también quiere dormir por las noches y (volver al punto 2). Me quedan muy lejos algunos discursos grandilocuentes sobre conciliación que parecen escritos para CEOs y similares. En mi mundo de madres pringadas nos apañamos, nos organizamos y nos apoyamos. Cuando una compañera que es madre no puede con algo, no juzgo y ayudo, igual que me ayudan a mí. Pero termino el curro y cambio y corto. El móvil de trabajo al cajón. Me encantaría que la vida y el cerebro me dieran para pensar en techos de cristal y en cosas que suenan grandes y que suenan bien, pero me toca centrarme en sacar el trabajo, en hacer facturas, en un montón de cosas pequeñitas.
  • Una que pasa de influencers. De hecho, he dejado de seguir a influencers en redes porque me estaba convirtiendo en algo que un me gusta: en una persona que juzga y critica. Busco referentes en las madres de mi entorno físico o virtual, que son las que me aportan y las que enriquecen. Si quisiera comprar camisetas, bundles o tuppers de comida hecha, ya sabría a quién acudir, no sufráis.
  • Una que se deja llevar. Ya lo decía: estoy hasta el coño de los dogmas de crianza. Se acabaron los libros, se acabaron los tutoriales. No voy a caer en el clásico «si las mujeres llevan milenios siendo madres, no lo habrán hecho tan mal» porque creo que la información es esencial, pero me agota todo lo que que estudiar (sí, estudiar) para criar hijos. Voy a fiarme más de mi instinto, que al final me sirve de bastante. El último libro que me compré fue uno de disciplina positiva. Cuando en la página 70 vi todo era cuestión de sentido común, volvió a la estantería. Fin.
  • Una que quiere (y mucho) a su hijo tal y como es. Con su peso bajo, con sus excentricidades (que las tiene) y con sus puntos fuertes y sus puntos débiles: Víctor será quien quiera ser y hará lo que quiera hacer. No hay planes diseñados, no hay expectativas. No hay inglés, ni natación, ni violín, ni matemáticas ni lectoescritura avanzada. Hay un crío de 25 meses que, muy a nuestro pesar, es fan de Mickey Mouse, habla mucho pero querría decir más y se lo pasa pipa haciéndose el dormido.
  • Y una que no llega a todo. Mi cabeza caótica tiene cosas muy buenas, pero también otras algo peores: cuando me desbordo, me paralizo. Y me desbordo porque quiero hacerlo todo, llegar a todo. Pero no, no podemos con todo. Y sabemos que no pasa nada, pero nos han ‘educado’ para exigirnos sin fin.

Y ya. Esta es una foto bastante adecuada de mi maternidad, aunque desenfocada, como yo. Una maternidad que no encaja en ningún dogma ni en ninguna comunidad porque es del montón, de las que no vende. por suerte.

*Me lo preguntó una amiga que no lee el blog, tomando una cerveza. No es el típico truqui de influensser de «muchas me estáis preguntando». No hay muchas, solo una 🙂

**En la foto, mi momentazo pringado de la semana: mi hijo y yo en la azotea, en pijama y con abrigo, viendo la luna.

 

 

 

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