¿Por qué lo llaman ‘conciliación’ cuando quieren decir ‘funambulismo’?

By Li

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Yo he tenido mucha suerte. Víctor está a punto de cumplir 9 meses, seguimos con lactancia materna, no me he perdido nada y llevo trabajando desde que se me terminó la baja a las 16 semanas pero… ¿A cambio de qué? De ir todo el lado de un lado a otro, de que se me olvide todo, de tener la sensación de que absolutamente todo se me escapa de las manos. ¿Merece la pena? Supongo que sí, pero a veces tengo dudas.

Conté, a puntito de volver al trabajo, cuál era mi plan: abuelas, teta y calma, sacar el curro en 5 horitas y dedicarme a mi bebé por las tardes. El tema sonaba bien, pero luego estuve a puntito de morir aplastada por una avalancha de realidad porque a eso de conciliar con el trabajo se añadió un porrón de trabajo extra, como hacer la compra, poner lavadoras y ese tipo de movidas que acaban pringando a quien está en casa.

Los 6 meses de Víctor y sus pinitos con la alimentación complementaria me dieron un poco de aire, porque tuve el tiempo justo para adaptarme un poco y saltar de lleno a los dos meses con más trabajo del año: junio y julio. Todo eso, con el empeño de seguir con la lactancia y de no pisar la Escuela Infantil hasta septiembre porque a cabezona no me gana nadie. La parte buena es que esa alimentación complementaria me da más horas para trabajar fuera de casa precisamente ahora que es cuando más trabajo tengo. Pero no siempre es así.

Conciliar es tender una cuerda imaginaria entre los dos edificios más altos del mundo e intentar atravesarla cargada con el portátil, el bolso, la mochila del bebé, la bolsa de la comida, la bolsa con nuestra ropa y el niño en el carro sin dar un paso en falso y despeñarnos los dos juntos. Todo, mientras me suena el teléfono personal y mi madre me pregunta a qué hora tiene que venir mañana y, en el de trabajo, un cliente me pregunta una cosa que ya sabría si leyera mis correos. Esa es la conclusión de estos 9 meses.

Lo de trabajar desde casa y evitar la guardería ha sido una decisión con la que soy consecuente y con la que estoy muy contenta, pero es muy complicada y estoy a punto de volverme loca. En verano el tema va a peor porque mis suegros están en el apartamento de la playa, en Castellón hace un calor insoportable y mis padres viven todo el año en la playa con jardín y piscina. A ver quién es el guapo que les dice que no, que se vengan todos a mi casa a estar con el niño cuando en sus casas tiene brisa y entretenimiento. Así que nos vamos el niño, las cosas y yo de lado a lado. VPadre nos recoge y esas cosas, él tiene sus guerras.

Si tuviera que poner algún nombre a ‘nuestro’ modelo de conciliación sería ‘nómada, dilatada y asimétrica’. Es nómada porque nunca sé dónde comemos, ni dónde dormimos ni tampoco dónde voy a trabajar (¿En mi casa? ¿En la de mis padres? ¿En mi despacho? ¿En la empresa a la que dedico el 90% de mi tiempo?). Asimétrica porque esto casi solo me afecta a mí. VPadre recibe un whatsapp que le dice dónde estamos y si tiene que llevarnos a otro lugar. Lo otro (es decir, TODO) es cosa mía. Y dilatada, lo dejo para el final, porque mi jornada laboral se alarga hasta el infinito. Bajo a desayunar con el bebé. Cuando voy a subir y ponerme a trabajar a las 7.15 me dice mi madre que le coja al bebé un rato, que barre las hojas y pone el lavaplatos. 7.50 subo a ponerme a trabajar. Al rato, que coja un rato al bebé para que pueda tomarse un café. El niño está muy gracioso en la piscina… ¡Cómo no voy a bajar! Así todo el día. Pierdo tiempo y más tiempo y más tiempo. Acabo de trabajar hasta las mil o me toca trabajar por la noche o durante el fin de semana.

¿Y qué implica esta conciliación nómada, dilatada y asimétrica? Pues muchas cosas dispersas que, cuando se juntan, dan ganas de matar.

  • Como fatal. En nuestra casa prácticamente no tenemos comida. ¿Para qué? Casi no estamos. Además, el trabajo no me deja tiempo para ir a hacer la compra y vivimos de congelados. Hacer BLW contra los elementos es un espectáculo. Víctor también vive de congelados.
  • Pierdo las cosas y no me hace ni puta gracia. Entro, salgo, hago maletas, me meto en el coche, cierro una casa y abro otra… Y así a diario. Nunca sé dónde estoy ni qué hago ni dónde tengo las cosas.
  • Tengo la sensación de vivir en una rueda de hamster. Nunca dejo de currar. Nunca. No tengo tiempo para pasarme una tarde jugando con mi bebé porque no puedo sacar la jornada laboral seguida, el día se dilata, las cosas no se acaban. Muchos días terminan con la doble frustración de no haber terminado el trabajo y de no haber podido atender correctamente a tu bebé.
  • No tengo tiempo para nada. No por el niño, sino por lo mal que me lo monto, por todo el tiempo que pierdo en desplazamientos, en ‘cógeme el niño que voy a…’, en todas esas tonterías que, si pudiera comprimir, me permitirían cerrar el ordenador a eso de las 16 y no pasadas las 19. No puedo hacer planes los fines de semana porque es cuando tengo que adelantar todo el trabajo que no he podido hacer entre semana y así, pues nada te apetece.

Así que, la próxima semana y con todo el dolor de mi corazón, voy a dejar a Víctor toda la mañana con sus abuelas y yo me iré al despacho porque esto no es vida. No sé cómo me las apañaré para dejarle suficiente leche, pero va a ser o eso o estar todavía de peor humor.  Además, a veces se me olvida que la última vez que tuve vacaciones fue en octubre de 2016 cuando nos fuimos a Tokio. Desde entonces solo he desconectado totalmente del trabajo las dos semanas postparto y la cosa ya empieza a picar.

Si estás embarazada y estás pensando conciliar trabajando desde casa, solo puedo darte ánimos. Es una decisión complicada, una conciliación extremadamente compleja y requiere mucha disciplina y tener las cosas muy claras. Estar agotada física y mentalmente no ayuda nada, pero si tu idea es mantener la lactancia y no perder de vista a tu bebé durante todo el día

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